14 ago 2008





Cuando

Todo parecía brillar con ese resplandor de la bondad, la ternura y el sosiego enmarcado por la incapacidad de hacer algo que fuese más allá de la dicha de encontrarme rodeado del amor de algunos, aunque con la carencia de aquello que no tenia, que no alcanzaba a descifrar bien en que consistía o de que se trataba, pero de todas maneras me alejaba del ojo de un huracán imperceptible al raciocinio de mi edad.

Con el correr de los años, aquel resplandor permaneció enriqueciéndose con otros atributos igualmente ponderables, entonces vi el mundo lleno de magia y de colores fáciles de alcanzar, de esconder en el cofre de los tesoros y de los secretos que convierte, a su poseedor, en un hombre lleno de tesoros, y por supuesto de secretos; en un hombre rico, aun cuando con el mismo afán de lograr descubrir lo descubierto de tanto tiempo atrás por tantos otros ancestrales sin encontrar como utilizarle, en donde guardarle, aparte de lo ya acaudalado que de la misma manera que aumento, se desvanecía sin poder retenerle, aunque mantuviese perenne y reluciente al cofre en el cual les encriptaba.

Diferente a las espinas, escondidas tras los pétalos de las flores más hermosas, cargo mi espada a la vista, para que nunca haga daño, ni hiera, con la gravedad de las espinas escondidas. Navego sobre aguas turbulentas, tratando de asirme a la orilla, cuando la misma corriente intenta llevarme sin defensa posible, aparte del timón al alcance, discuto conmigo mismo, corrijo la ruta, le rediseño, y me convenzo de la rapidez y seguridad de la misma para “llegar donde Mercinda y quererle otro poquito” (gh-El tren de mi pueblo) .

¿“Qué será”? Cuando, me convenceré por fin de que no puede ser de otra forma diferente a la padecida ahora y siempre, por el desamor crónico que invadió a la humanidad, y con ella, a este romántico sin remedio que comienza a parecerse más al guaquero de pirámides ocultas, las cuales no aparecen, aunque canse y debilite al hidalgo buscador de fantasías. Seguiré resistiendo profetización tan canallesca, seguiré sobreponiendo el estoicismo heredado de los quijotes, que vi mañana tras mañana, luchando contra el enemigo invencible, personificado en los mosaicos de alguna parte. ¿Qué por qué lo hago? Muy simple, obligándome ha responder que esa es mi respuesta, pero no, y mil veces no. El padecimiento crónico del desamor es, por fortuna, curable, y me voy ha proponer a demostrarlo de manera tal que le entienda de una vez por todas.

Primero, haré que entren en juego las definiciones para poder equilibrarles con los sentimientos. El desamor, es la causa de nuestra propia vivencia respecto a cuanto nos rodea. Podría decir: Es el fruto de aquello que voluntariamente o no, hemos sembrado, creyendo era cuanto teníamos que hacer en ese momento determinado para alcanzar un fin conspirativo que en algunas veces no conocíamos, no se tiene planeado, no va más allá de ser un acto intranscendental para quien lo ejecuta, aunque a la postre se convierta en la semilla venenosa, que crece, multiplicándose de inmediato. Tan solo pensar en sentir ese veneno, horroriza, aun cuando le seguimos sembrando cada día. Por tanto, en la medida que le atendamos, que le atienda hasta donde alcance, acabara por destruirnos, antes de aplicar el único remedio que puede existir contra el acuoso mal respecto de cuanto nos rodea.

Insisto, esa no puede ser la respuesta, supongo que es mejor identificar las espinas, para poder admirar la belleza de la creación. Mostrarle grandes cosechas de frutos enriquecidos a Mercinda, para en compañía, continuar la abnegada lucha por erradicar el motivo de una desunión, en otras palabras, de navegar a ciegas por entre aguas turbulentas.

¿Será que el mal al cual me refiero es general? Algo es seguro, no es natural, le llamamos con los actos egoístas que diariamente se ven en lo montaraz de las acciones civiles y sociales, solazarle con una responsabilidad propia no creo sea el tratamiento viable para una cura general, de suerte que ya conociéndole la cara al problema, antes de continuar con una incidisación inútil, gratifiquemos nuestro cambio al aceptarle, y continuémosle.

Alguna vez, un pequeño muchacho le pregunto a su padre cual era el secreto para ser un hombre sabio, a lo cual éste le respondió con otra pregunta, ¿tu qué esperas de la vida? La respuesta, es el despeje de la incógnita, agregó el padre enseguida.

©Hoo77
Agosto del 2008