JACK EL PIRATA
I
En su pequeño mundo bucanero de antaño recorría mar y tierra en busca de tesoros, riquezas para cumplirle a ese propósito desmedido anidado con fuerza en lo
recóndito de su indescifrable ser a veces tierno, otras prepotente, autoritario, que tan solo ve a los demás como
parte de la manada dispuesta para la caldera de la guerra con cualquiera que no
comparta las directrices del capitán obstinado en la satisfacción personal de botín y poder a cualquier precio. En el mar
era de hecho, tanto el capitán de su buque, como el almirante de la flota
imaginaria que comandaba utilizándole como escudo protector de cuanta idea
descabellada quisiera poner en práctica, él era el guía, el destino el norte,
al este, el rumbo escogido siempre al amanecer de cada día. Nunca pretendió
parar, el único puerto por alcanzar fue aquel donde la ley fuere su voluntad
aniquilando la de los demás. Y lo logro, en varias ocasiones lo logro, le
festejaron su arribo, le brindaron manjares inalcanzables en otros lugares,
doncellas, ron, comodidad e incluso las
llaves de la bóveda que guardaba lo eterno y lo sublime (más no así el designio
desconocido sobre la verdad de la existencia, ni el libro negro de las referencias
falsas – paila infernal rebosante de traición).
Fue cuando con su flota, sobre las cálidas aguas del
caribe, diviso la playa olvidada que sin entender fuere su hogar permanente
durante largos años, aun cuando cortos en la historia propia de aquellas playas
hermosas de aguas coloridas. No tuvo que pensarlo por mucho tiempo, de
inmediato enfilo sin esfuerzo, la corriente marina ya lo había hecho por él, la
proa de la embarcación hacia la orilla que anhelaba manteniéndole con vida; la
recepción no fue multitudinaria ni mucho menos, tan solo el vaivén de las hojas
en las palmeras que al ritmo
parsimonioso de la brisa y el lejano canto de las aves le saludaran. De un
brinco toco tierra dando mil volteretas de alegría, se revolcó encima de ésta,
extendía sus brazos, daba gracias y hasta le saboreo sin darse cuenta aun que
se encontraba completamente solo, sin flota, sin tropa ni navíos, tan solo como
cada uno de los granos del manto de la arena donde se apeaba convertido en el
refugio recuperador de la logística y la fuerza necesaria para encontrar de
nuevo el rumbo y la tripulación que le acompañase en pos de lo buscado.
Las semanas transcurrían sin detenerse, tan de prisa que
no permitían al milagro aparecer con cuanto elemento hiciere falta para la
conquista que Jack pretendía. Ya no contaba ni con buque ni con la tripulación fiel,
todos ellos, aparte de llevarse el buque, ahora juraban fidelidad a un nuevo
comandante, el capitán William quien tampoco nunca acepto ser un hombre común, aceptando
asociarse con la tripulación del abandonado Jack cuando se negó informar sobre
el paraje en el cual escondía el tesoro sin repartir, que pertenecía a ellos
que le guerrearon. Aun así Jack no se quejaba de la conspiración neutralizada
con valentía, incluso sin manifestarlo le aprobó, contaba con la suficiente
voluntad para hacerles regresar, que junto con el apetito enorme y albedrio, le
aferrarían en el lugar que ambiciono por décadas. La defensa ahora, era su único
deseo.
Jack aparte de su estilo mesurado era osado como
ninguno, al igual que conocedor de la piratería en cuanto al sino de disensión
que les embargaba al menor atisbo de un manipulamiento fraudulento por parte del superior a quien servían con obediencia
esmerada, tomaba con gran facilidad las corrientes marinas, las conocía como si
se tratase de los caminos estrechos cercanos a su pueblo natal lejano, valiéndose
de estas ganaba velocidad facilitando su orientación para llegar a una
determinada posición marítima. Aquel día ante su propia mesa de trabajo; cuando
el primer oficial le notifico del descontento de la tripulación por no haber
recibido aún la parte proporcional del tesoro que por común acuerdo les
correspondía y por el gravísimo hecho de tener una mujer abordo, cuestión
prohibida rotundamente por el código pirata que él mismo aprobó, bajo su
estricta protección; así se percató de lo complejo de la situación puesto que
ellos nunca entenderían que la propiedad del código le pertenecía
exclusivamente como gestor para un beneficio común, administrado por él para
cusas mejores y no para mantener borrachos, jugadores irresponsables. De
inmediato intuyo la cercanía del capitán William, contrincante detestado per
se, y le responsabilizo de cualquier
maniobra que se propusieran, determinado decidió su posible defensa ante el
peligro eminente bajo el cual se hallaba.
Jack abandono el barco en una de esas noches oscuras de
calma total, que cuando el marinero vigía, merced algunos relámpagos lejanos
diviso las velas de otro navío, dio la alarma del acercamiento con un grito tan
pronunciado que él mismo alcanzo escuchar en la distancia que ahora le separaba
de su barco perdido al seguir la estrategia que se impuso. Sin embargo algo le
perturbaba, ya había pasado el tiempo suficiente, algo le fallaba, algo que no se encontraba en
el lugar que le correspondía, ósea donde Jack le dispuso y ese algo no era otra
cosa que su compañera incondicional en cualquier momento, Martha, su heroína,
balanza justa en cualquier andar que requiriera de medida exacta, dulce calor
para las noches frías, ojos iluminadores de lo oscuro, objetividad ante las dudas.
Ella no fallaría, menos ahora que el oro, el poder y las alhajas le esperaban. El
plan era perfecto corroborado con la discreción absoluta en el cual Jack supo mantenerlo.
© Hoo77 & la vida cotidiana.
Donde
el romanticismo también cuenta.
Abril 2014

