PARTIR
Rumbo al aeropuerto a través de una amplia avenida, que aparte de ser amplia, resulta probablemente la avenida mas céntrica de la ciudad, iluminada, adornada y engalanada en cada una de sus orillas con magníficos edificios residenciales y centros comerciales de vanguardia. Por el centro de la misma avenida avanza veloz el tren metropolitano, el cual se observa con dificultad por la frondosidad de la vegetación y los árboles, que de la ciudad llega al aeropuerto. Los automóviles, también veloces avanzan afanosamente, parece que todos quieren llegar a tiempo al terminal, ninguno quiere perder el vuelo que les llevara a un destino conocido, sino controlado del todo, puesto que para la mayoría de los viajeros es novedoso aunque, eso sí, ansiado y esperado de antaño.
La velocidad de unos y otros es tope dentro de los recorridos de una metrópoli moderna, sin embargo existen obstáculos y paradas obligatorias para los vehículos de servicio público, para los autos semaforización y turnos con otros autos a los cuales se les debe de dar el paso, permitiendo el ingreso de estos a las pistas de la avenida. A lo lejos se puede observar con facilidad las luces indicadoras de las paradas del tren y de prevención sobre algún suceso que en la vía pudiese estar ocurriendo. Al acercarnos a una de estas paradas uno de los autos paro intempestivamente llamando la atención de los demás al apearse del mismo una mujer madura, con sus cabellos desordenados al igual que el atuendo informal que traía puesto, que emprendiendo peligrosa carrera hacia la parada del tren, logrando abordarle.
¿Quién era esta osada dama que exponiendo su propia integridad se atrevió a cruzar de manera tan peligrosa por entre los autos para alcanzar el tren? No me lo pregunten, tan solo se su historia, paralela a la de la moderna avenida por la cual transitábamos. En efecto la dama tomo el tren que recuperando en instantes, con velocidad el tiempo de la parada en relación a los autos, les sobrepaso, llegando a la terminal aérea antes que si hubiese hecho el recorrido en el auto en el cual se encontraba antes. Otro factor anecdótico de esta historia, que considero debo de aclarar de una buena vez, es el hecho de que por ser imaginaria el tren de velocidad no existe, ni ha existido nunca, como tampoco la moderna avenida. No obstante para poder continuar la narración, creánme que los obstáculos no fueron pocos y hasta ahora comenzaban.
Un ring ton de algún teléfono celular sonó estrepitosamente alertando los pasajeros del vagón donde la protagonista se encontraba sentada luego de abordar y sin importarle que todos los pasajeros de su alrededor, alertados por ring ton que provenía de su propio celular, le escuchasen, mando al carajo a cualquiera que hubiese sido su interlocutor y de un solo tiro, mando igualmente el celular al final del vagón, donde nadie pudiese alcanzarle, para enfurruscada dentro del abrigo y como si nadie le pudiera observar, dedicarse a mirar el cielo pidiendo que el avión aun le estuviese esperando.
Transcurrieron unos pocos minutos cuando la velocidad del tren se redujo considerablemente a causa de las obras de ampliación de la terminal y la culminación del túnel principal que lleva las vías del tren a las puertas de desembarque cercanas a los mostradores de atención a los viajeros. Por supuesto que estos últimos no eran los únicos viajeros con la intención de ser atendidos lo antes posible para que el vuelo, de cada uno de ellos, no les fuese a dejar sin volar. La fila era interminable, la lentitud pasmosa y luego vendría la revisión del equipaje, otra fila obligatoria e igualmente larga para todos los viajeros que sudaban, se rascaban la cabeza vociferando miles de frases imperceptibles. Entre todos sobresalía su figura, la de ella, la dama impertérrita, decidida, libre de equipaje aprovechando la ventaja de los aeropuertos modernos como es el gran espacio con el cual se cuenta para la comodidad de los viajeros que hacen uso de estos. Son tan grandes estos espacios que es muy fácil perderse por desorientación, o por el gusto de no coincidir con nadie, esto último parece era su consigna, la de la viajera, que finalmente, después de todas esas colas interminables que esperaban turno, al llegar a la puerta correspondiente al muelle donde supuestamente encontraría su avión de partida, éste ya lo había hecho, y a ella no le quedo más remedio que esperar otro vuelo pacientemente, para comenzar a hilvanar una nueva historia, dejando lo pasado atrás.
© Hoo77.
Junio del 2011
Fotografía: GH

