IRMA LA DULCE
No vayan a pensar que la única
Irma dulce que existe es la representada en la película excelente que dirigió Billy Wilder, quien falleció en el año dos mil
tres a la edad de noventa y cinco años en Hollywood, Estados Unidos, la
historia que lleva su nombre, “Irma la Dulce”, ocurre por allá en 1963 y fue representada por la
hermosísima Shirley MacLaine que hoy en día cuenta con setenta y nueve años de
edad y sigue tan radiante. No señores, pues no, y para comprobarlo les voy a
relatar la historia de Irma la más dulce de todas las dulces que puedan llagar
a imaginar, incluyendo y mejorando, con el debido respeto, a la hermosa “Irma la Dulce” de quien hablará antes.
Todos éramos adolescentes sin
sobrepasar de los catorce a los quince años de edad, Tanto Craig como yo
pertenecíamos al mismo grupo de amigos que de vez en cuando deambulan por las
calles en busca de emociones fuertes después de haber encontrado la fórmula
bajo la cual la sociedad sería perfecta y nosotros, quienes le implantarían y
líderes del mundo. Craig, futuro esposo de nuestra Irma, era natural del quinto
continente, allí donde todos los hombres son vaqueros, cuestión que no es
cierta, pero si efectiva para contrariarle, ganando de esta manera el terreno perdido ante él que me aventajaba, a mí, cuestión sencilla y a los demás, en casi todos los aspectos con lo cual los
jóvenes compiten. Sin embargo, se trataba de un gran compañero con un alto
sentido del entendimiento sobre la humanidad. Es la clase de persona que su
respuesta es un sí, prácticamente a cualquier cuestión en conflicto, para luego
negociar la retribución por lo otorgado. Aun no entiendo como pero créanme, así
era Craig así lo hacía y con éxito en la mayoría de las ocasiones.
Nuestra Irma era en aquella
época, una muchacha encantadora de ojos azules profundos, cabello castaño
claro, facciones finas, bien demarcadas y proporcionadas en el rostro al igual
que en el resto de su cuerpo robusto que movía agraciadamente para el disfrute
de cualquiera que tuviese la suerte de apreciarle, incluso antes de cruzar alguna
palabra con ella, pues en ese instante se olvidaría, el interlocutor de Irma,
de cualquier otro asunto que no fuese la presencia del ángel que tenía en
frente sonriendo, e invitando sin proponérselo a fantasear. Irma en cuestión
de edad, era algo mayor que la mayoría
del grupo, nos aventajaba en los estudios por uno o dos grados, por lo tanto
también generaba más respeto que cualquiera otra compañera de andanzas aunque
esa no era propiamente la razón por la cual le buscábamos, incluso la espiaba,
con asiduidad para gozar de su compañía, y de sus experiencias traducidas en
enseñanzas solaces.
Recuerdo tal y como si hubiese
sido ayer, la tarde imborrable de la memoria de cualquier hombre, cuando la luz
del día comienza a desvanecerse y la
noche se precipita sobre el espacio que ocupamos, en el cual nos encontrábamos ella
y yo a solas, bajo la frondosidad de los árboles que nos rodeaban e ilusionaban
con un cambio de color en la medida que la tarde se entrega a la noche que
avanza. Hacia tan solo unos pocos minutos, que por suerte me separe del resto
de los amigos luego del juego de futbol que llevamos a cabo, cuando al
dirigirme a casa ansioso y melancólico
me encontré con Irma: bella radiante y dulcemente provocativa como
siempre. Vestía una falda de pliegues no muy ancha color gris claro y una blusa
blanca impecable algo abierta en la parte del cuello, tras de ésta se apreciaba
una cadena de oro con una imagen como dije. Sus zapatos combinados de color
verde, y las medias de nylon permitían
fácilmente apreciar un par de piernas
con la perfección milimétrica de la simetría bajo el cuerpo que las acoplaba.
Mientras trataba de
recuperar el sentido de orientación,
permitiendo a las mariposas que revoloteaban dentro del estómago
calmarse y tomaba un segundo aire, ella jugueteaba enroscando entre sus dedos su
propio pelo a la altura del cuello, al tiempo de acercarse a mí con paso lento,
parsimonioso, seguro. «Hola cariño» fue su saludo. Claro está que el aire que
antes tome no fue suficiente, el cuerpo no se animaba a reaccionar ante la
causa personificada de esa melancolía que no alcanzaba a comprender. La lengua
se paralizo y la voz no salía, no podía modular palabra, ella era demasiado
bella, demasiado alegre y descomplicada;
finalmente logre componerme sonreír tímidamente chantándole, de saludo,
un beso en la mejilla que recibió complacida al tiempo de iniciar conversación.
Luego, guardamos un rato de silencio apreciando como la simbiosis de los
alrededores pareciera ponerse de acuerdo para entrar en el letargo del descanso
diario. No obstante, ella persistiría en continuar con la conversación
brindando en ésta el calor necesario entre nosotros que animaba a continuar.
Pareciera que sus ojos brillaran más a cada instante al tiempo que la oscuridad
se acentuaba, el aliento que emanaba rosaba la piel de mis labios alertándoles
tanto como al olfato y al resto de mis sentidos, de pronto sentí esos labios
que tantas veces aprecie en silencio sobre los míos y a sus manos, acariciando
mi cabello y cuello.
Irma, al darse cuenta que el
nerviosismo no me daba tregua, disminuyo en sus ímpetus convidándome a caminar
hasta la casa. Ya por el trayecto y sin parar con el encantamiento de las
caricias que traíamos me pidió que no estuviese nervioso que todo era natural,
que contábamos con la suerte del encuentro y de la ausencia de sus padres en
casa. Me hablo sobre nosotros de la intuición que siempre mantuvo en cuanto la
atracción que ejercía en mí y ella por ningún motivo iba a romper, todo lo contrario, le quería
consumar ante una separación eminente antes de partir. Al cerrar la puerta tras
nosotros dejo que los instintos obrasen por ella y sus labios, que tanto
aprecie, repetían sobre mi rostro los besos más dulces y agraciados que hubiera
imaginado, o algunas otras ves recibiese en circunstancias siquiera parecidas. Sucedió
a lo largo de toda una noche, para el
recuerdo de ambos.
© Hoo77 & la vida cotidiana. Donde
el romanticismo también cuenta.
Julio 2013

