PASIONES CONTENIDAS
Me parece estupendo poder comunicarme, siempre será ideal hacerlo. Te quiero contar algo especial: En estos días he tenido continuamente en el pensamiento la ciudad de Madrid donde residí por varios años. Allí, aparte de hacer que las ilusiones se sobrepusieran a los desvelos naturales de la cotidianidad, también trabajaba como aprendiz de investigador en asuntos de la comunicación elaborando varios ensayos literarios los cuales entonces veía ensoñadores, ahora nostálgicos. Siempre reverentes. A continuación viene uno particular al cual le tengo afecto especial, ya comprenderás porque; es parte de una obra completa y habla por si solo, de Mabel la hermosa madrileña de quien estuve, estoy, y estaré siempre enamorado.
Aparte de la obligación del trabajo que adelantaba con el estudio y la recopilación de pensamientos que por una u otra razón venían a mi mente, sin querer perderles, estaba el de defender los recursos económicos con los cuales contaba, más bien escasos y ver la forma de rendirles, incluso de aumentar los mismos por medio de otros menesteres a donde pudiese encauzar la energía personal disponible, que en vez de atormentarme por no hacer, le dirigiese hacia tal fin. La pregunta era ¿qué servicio podría ofrecer en forma de trabajo remunerado e independiente, que bajo costes razonables y con un horario lo suficientemente flexible me permitiese continuar con la actividad principal que desarrollaba? Mis condiciones personales de colegial no me interesaban en lo absoluto y por lo tanto comencé con la tarea asignada sin ningún temor y en cambio si, utilizando lo cual pudiese aprovechar de aquellas.
La idea general era la de emplear esa energía transformándole, quiero decir, transportarle a donde se requiriera ¿pero como? Pues muy sencillo, en mi automóvil, que cambie de inmediato por un equipo propio para éste propósito en el cual encontrase la capacidad de desplazamiento y volumen de carga, que yo estime era el correcto. Efectúe el cambio sin ningún contratiempo y una vez armado y listo comencé con la conquista de las autovías, pistas, autopistas y las calles de las poblaciones a donde llegaba, luego de cruzar por campos y parajes hermosos, sin parar después de agotadoras jornadas como lo hacían y aun lo hacen, los correos lejanos del oeste americano sobre briosos caballos que en ningún momento muestran agotamiento alguno hasta llegar al destino anunciado. El equipo y yo, una vieja furgoneta con muy buena capacidad de tara neta, nos convertíamos en un solo cuerpo transmitiendo en todo momento nuestro estado, el uno al otro, tratando de arrancarle al espacio, distancia y de esa manera ganarle tiempo al recorrido al efectuarle dentro de la mayor rapidez posible, para cobrar y cuanto antes regresar a casa donde me aguardan, para salir a la superficie de su encierro dentro del frasco, los protagonistas de las historias que siempre mantengo entre el tintero; y la Mora, que era el nombre de la furgoneta, pudiese descansar hasta el día siguiente.
Un jueves de aquel diciembre, muy temprano en la mañana, cuando salí a cumplir con un compromiso urgente, como lo son todos en éste negocio, encontré a la Mora mal herida, con sus cuatro llantas desinfladas y la manguera de la refrigeración, la conductora del agua, trozada. No puedo decir más, nunca quise enterarme de nada más al respecto, aunque lo sospecho. De inmediato, telefonee al cliente para avisar de mi percance y que él pudiese contratar otra persona, antes de perjudicarse ante mi incumplimiento por la causa anotada. Ahora, subir el animo bien arriba y ha reparar a la furgoneta, primero la manguera de caucho, luego cada una de las ruedas, desmontando una por una, luego de levantar con un gato la furgoneta, para llevarle hasta la tienda, solicitar que la reparasen y luego regresar para montarle nuevamente. El haber comenzado temprano ayudo bastante, iniciaba la lidia creo que de la tercera goma, ya era media mañana cuando escuche tras de mi una voz conocida que dijo: _ Ale guapo, que te he visto trabajar y no lo haces nada mal. Al voltear, hacia donde la voz provenía, vi a Mabel hermosa, en un coche descapotable quien continuo diciendo, venga, deja que te ayude a llevar esas ruedas a la tienda para que ellos se ocupen del resto y yo, poder convidarte a conocer Zaragoza, ¿Te apetece?
Como chofer profesional que soy, acepte hacerme cargo de la conducción del coche al cual de inmediato, le desplegué la capota para disfrutar de todo el sol esplendoroso que nos brindaba aquel especial medio día de diciembre y de la más guapa copiloto que nunca jamás he llegado a tener, quien también disfrutaba el viaje plenamente; a marcha pausada, fuimos haciendo el recorrido sin mediar palabra, ambos deleitábamos la vista, junto del rock en español y el lento transcurrir de los kilómetros, tratando de estar exclusiva y únicamente allí en cuerpo y deseo.
El escaso trafico, aunque bastante rápido, adelanto nuestro vehículo sin dificultad por una carretera nacional amplia y bien señalizada que de Madrid conduce a Aragón y el nordeste de Valencia. No conté, ni sé cuanto tiempo tardamos en arribar hasta nuestra primera y ultima parada de ese día, tan solo recuerdo que ya se estaba haciendo tarde y el viento helado, propio de la zona en el invierno que iniciaba, comenzaba a azotarnos obligando a abrigarnos lo mejor posible, fue entonces cuando nos detuvimos en un refugio apartado de la vía principal y conocido por Mabel, guía oficial de la ruta, cerca de Ejea de los Caballeros, dentro de la antigua provincia romana de Tarraconense antes de la conquista musulmana. Aun, cuando durante todo aquel fin de semana recibí un curso de historia acelerado, el más significativo e importante en cuanto al contenido del mismo y porque de una vez por todas me hizo comprender la gran importancia que ésta encierra ante la identidad de las naciones, la cual depende en grado altísimo del bagaje que aquella trae consigo, me seguiré considerando un completo lego en la materia, quien solamente pretende soñar con las aventuras de los héroes del pasado, igual que con el presente y el futuro desconocido. Yo a lo mío.
El refugio, parte del parque donde nos detuvimos, es manejado en concesión otorgada por el gobierno de la provincia, según me enteré, por una pareja quienes conocían bastante bien a Mabel, fuimos presentados, hablamos muy poco en ese momento puesto que la tarde continuaba enfriándose y nosotros, Mabel y yo, queríamos andar un poco los alrededores. Antes de entrar al refugio ya nos encontrábamos bajando la hondonada hacia las ruinas que la Orden de los Templarios dejaron en aquel cañón lleno de vegetación baja, pequeñas fuentes y bajas colinas; todo un sueño del pasado el cual, incluso contenía, a los legionarios romanos de entonces, en el presente y despierto.
Mabel de pronto se alejo, yo regrese nuevamente al camino del cual nos habíamos alejado, me detuve a unos metros de la entrada de una cueva cercana encima de la cual se erguía una de las colinas repleta de aves con un tamaño regular, parecido al de las águilas y las cigüeñas que saltaron a volar sin más, pareció que algo desconocido las espanto, en efecto, sobre las colinas, cuyas paredes servían de alojamiento a los nichos de las aves, se dejaron ver las legiones romanas fuertemente armadas de lanzas, escudos y espadas a discreción, con capas, cascos metálicos con todo y penachos, unos pocos montados en caballos, mientras que los demás, pareció que esperaban ordenes de quienes montaban. Logré calmar mi angustia y darme cuenta que no se trataba de una ejercito en pos de atacar, era un escuadrón de bienvenida que levanto las armas y los jefes, cruzaron sus brazos por encima del tórax. Al contestar el saludo, levantando con energía mi brazo derecho y con deseo de dialogar, nuevamente escuche a Mabel tras de mi. _ ¿Y a ti que bicho te ha picado? Al responder, narrando lo acontecido, ella mofándose rió de buena gana por unos cuantos minutos.
La belleza de Mabel que siempre me cautivo, resplandeció en aquellos momentos de forma irresistible, le junte a mi con fuerza para continuar la caminata hasta la entrada de la cueva, no entramos por seguridad, ya la tarde estaba casi oscura del todo y el frío comenzado hacer de las suyas con nosotros. Antes de continuar hacia el refugio, paramos, y durante unos instantes esplendorosos, sin resistencia, ni apresuramiento de ningún tipo, bajo un frondoso árbol contra la falda de la colina nos besamos, tanto, que el mismo calor producido por nuestros besos apasionados, nos elevo del entorno a punto de congelación, haciendo que nuestra sangre hirviese para desprendernos de cualquier prenda que impidiese el contacto directo de nuestras pieles, igualmente hirvientes y tan solo cubiertos, en aquellos momentos, por nuestros abrigos. El viento, que arreciaba furioso parecía querer impedir que la dicha del amor encontrada por ambos continuase, sin contar con que los aliados, más que nuestros, de nuestra defensa por "Cupido" con sus flechas pequeñas, apoyasen la consumación de lo inevitable, de suerte que protegidos por nuestros aliados incondicionales, escudos en redondo y las alas de las águilas y las cigüeñas que también se unieron, continuamos semicongelados enredándonos, primero de pie, para terminar echados, arrastrándonos por la hierva helada que prolongo el placer del amor por tiempo irracional. Los besos no pararon, ni tampoco las caricias, ni en nuestra mentes el deseo de continuar amándonos por el rato de luz tenue y delicada que el anocher, también aliado, aun nos propinaba. Las espadas de los romanos nunca estuvieron tan afiladas, ni tan brillantes como los ojos de Mabel, sin mencionar sus senos, aun cuando ambos, dejaron en mi cuerpo y en mi ser, marcas eternas y congeladas dentro de la existencia de la bondad del amor, mío y de todos aquellos testigos y aliados que nos protegieron contra la ira de alguno de los elementos.
Al regresar al refugio encontramos servida una mesa para dos, con pan curado fresco, vino y jamón de jabuco; al tiempo de dar buena cuenta de tan suculento manjar servido a estos sometidos hambrientos, llego, servida dentro de una fuente de arcilla, una rica merluza en salsa, que disfrutamos a tope.
La noche había entrado de lleno al llegar a Zaragoza, las estrellas nos observaban complacidas y la luna tímidamente iluminaba el portal de la casa vetusta de Mabel. Al entrar, ella me pidió que encendiese el fuego mientras cambiaba de traje, lo hice al tiempo de recordar los sucesos del día que me demostraron nuevamente cuan sencillo es el amor y como por él, lo cambiamos todo. Ahora, creía tener la explicación a muchas de mis propias cuitas intentando descubrir mi lugar sobre la tierra.
[Ahora viene, venía, la moraleja de esta historia, la cual he suprimido de esta sección por encontrarla demasiado disonante a la realidad, demasiado hedonista, creo mucho mas constructivo si tu personalmente, te encargas de ello.] Luego:
La llama del fuego se levanto alta y limpia, calentó iluminando la casa que se mostraba en el interior acogedora. Al bajar, Mabel sonriendo se sentó a mi lado frente de la ventana que dejaba ver parte del firmamento con algunos astros.
© Hoo77
Madrid
Bogotá. 2007.
