28 jun 2009





EL ENCUENTRO


Con un grupo de amigos en pleno marco superior de la plaza principal. Era uno de esos días sabaneros de sol enfurecido y radiante calentando con toda su fuerza. Yo cubría, bajo el mando de una imaginación adolescente y por primera vez, los sucesos derivados de una votación libre para los cuerpos colegiados de la República; Senado, Cámara de Representantes, Consejo Municipal; observando detalle por detalle las circunstancias, el comportamiento de la gran muchedumbre que allí se agolpó cargada de celos por los candidatos preferido de cada uno de ellos sin que faltase el vocinglero aislado de siempre, quien llamo mi atención sin entenderle, aunque si haciéndome caer en cuenta de la debilidad del hombre enfrentada a la sinrazón. Debilidad, principalmente de un pequeño de corta edad, contra los monumentales edificios dentro de los cuales se encuentran amurallados los poderes públicos y como si esto fuese poco, frente al inmenso gentío conformado por diversos grupos de personas alineadas con consignas diferentes aunque con un mismo fin: tomarse las fortalezas frente de ellos merced a la convicción albergada en sus propias adhesiones a la idea política de justificar lo injustificable.

El resto de la mañana transcurrió sin novedad especial, mientras unos vociferan alabando al azul, los otros lo hacen por el rojo, negro, o amarillo, nadie conocía del verde, ni cambios climáticos, ni nada que se le pareciese, lo único que parecía importar, eso si era lo mismo que hoy, tomar asiento en una de los palacios fortalecidos de alrededor de la plaza por medio del representante personal elegido para ello. Al igual que cualquier otro muchacho de mi misma edad el estoicismo que emana, en veces con engaño, efluvios amorosos de poder disfrazado al compás de la generosidad y la bondad de ideales imposibles, se apodero de mi indefenso y débil ser de muchacho adolescente, haciéndome prometer ante monumentos y multitud, descubrir las mieles por las cuales en medio del festín de la barbarie, se enajenan conciencias, comprometen favores a todo nivel, desvirtúan opositores, antes de lograr saborear unas pocas gotas de aquel manjar maravilloso. No recordé en aquellos momentos que ni los monumentos escuchan, ni las multitudes, conformadas por grupos cerrados e injustos, quieren hacerlo, se encuentran embelesadas bajo promesas suficientes.

Más lo prometido es deuda y tiene que cumplirse, con mayor razón cuando en la escuela, durante doce años escuche una y otra vez: “para ser, se tiene que hacer” es un principio. Fue de lo poco que aprendí, ya que pase la mayor parte de mi tiempo como estudiante de escuela viendo princesas en el aire, habito que aun conservo y me deleita. Osea que la promesa ocupo mis pensamientos por el resto de de la jornada, con mayor razón cuando llegue incluso ha parecer el tonto de la plaza queriendo corregir algo, donde no te han llamado y mucho menos te escuchan.

Al paso de las horas la tarde fue refrescando el calor de los ánimos y las autoridades policivas iban haciendo presencia a cada instante en mayor numero. El llamado de los amigos para regresar a casa obro cual campanazo obligatorio so pena de perder el aventón, nos acomodamos de la mejor forma dentro del automóvil conducido por uno de ellos. Como el sobrecupo era notorio y con la esperanza de encontrar a Anastasia me quede en el camino, cerca de la casa de Anastasia y de la mía. Venía pues observando la inmensidad de los árboles del barrio; imagine la cantidad de años de encontrarse plantados en el mismo lugar conservando la frescura del follaje, emanando ese delicioso y conocido aroma que identificaba el entorno, al tiempo de prodigar sombra embelleciendo los alrededores; justo allí, encaramada por encima de los altos de los zarzos se encontraba mi princesa, Anastasia, tratando de abrazar una nube.

Hablamos sobre todo, los comicios, mis perspectivas, sus cabellos rubios y sonrisa deliciosa, para continuar observándole, disfrutando de aquella presencia indescriptible, hasta comenzar primero con un tímido beso, luego con otro y otro sin dejar de percibir nuestra inexperiencia sobre la materia, al tiempo del deseo idealizado de continuar sin pensar en absolutamente nada que nos hiciere regresar de aquellos oteros donde las nubes se pueden abrazar y los árboles parecen mas pequeños aun cuando mucho más hermosos.

La naturaleza y el destino jugaban con nosotros, conmigo -cosa común de difícil manejo- desatando monumental aguacero que al principio disfrutamos, luego comenzó a preocuparnos un poco aunque nos encontrábamos en el ante jardín, lo suficientemente cerca de la entrada a la casa de Anastasia. La preocupación paso a ser angustia cuando comenzamos a escuchar los llamados de la nana desde dentro inquiriéndole -¿Donde te encuentras muchacha de Dios?- la fisonomía de Anastasia cambio de inmediato, su rostro palideció, sus ojos claros y grandes se encendieron resaltados. Con sus labios temblorosos asió los brazos a mi cuello al tiempo de susurrarme que me marchase, que ya era hora y era mejor evitar recelos.

El aguacero mermo rápidamente y armado con la chaqueta que Anastasia se quito de encima y la cual yo conserve puesta, día y noche, durante muchas semanas, emprendí la caminata corta y estimulante hacia mi casa tarareando en voz baja un pasillo.

Las semanas también continuaron pasando rápidamente, las fiestas de graduación, exámenes de admisión en la universidad y todo ese caudal de emociones que encadena el núcleo de aquello que ha sido y será el devenir de los hombres que algunas veces les asimilan objetivamente, otras les repelen sin asumir la experiencia que los mismos dejan en ellos auque ni quieran o puedan verles. En otras oportunidades se les archiva, emoción por emoción, para atenderles supuestamente a su tiempo. No obstante, nunca cesan, continúan anudadas al destino inexorable vivido por cada uno por mas que se quiera y pretenda acomodarles a los lineamientos necesarios escogidos tercamente.

Así llego el primer semestre universitario, comencé a lidiar con las mas difíciles, las estadísticas, las economías, y la necesidad imperativa de comenzar a aprender lo cual debería de ser el comportamiento de cualquier estudiante ante el estudio, entender el predicado. Otros sucesos colectivos importantes, que corroboraron la certeza de cuanto el destino es, sucedieron en aquel primer semestre anunciando la imposibilidad de salir del mismo, de la misma sombra, a no ser que empeñado en ello, en merecer el lugar donde pudiese abrazar la nube en la cual Anastasia se pudiera llegar ha encaramar, fijase una meta donde imposibilitara a cualquiera negar el reconocimiento de meritos consolidados.

Me confesé ante ella, ante Anastasia, con lagrimas sinceras que se escaparon de mis ojos sin que pudiera detenerles. Le pedí de mil maneras su comprensión, su apoyo en aquellos ideales prometiéndole regresar para continuar con esa búsqueda del cielo. Somos muy jóvenes, le decía, el cielo puede esperar por nosotros. No respondió ni palabra, tampoco trato de detenerme, ni siquiera se que pensó aunque lo imagino: me odio y ese odio sumado a su arrogancia, hasta ahora oculta, fue cuanto le impidió dirigirme la palabra.

Claro que si, mi tristeza era inconsolable, tan solo le superaba el deseo de superación, conocimiento, otros lugares, países, gente, culturas; para luego, regresar a descubrir que todo sacrificio ha valido la pena, que no ha habido confusión de ningún tipo, el mañana es promisorio y el dulce más delicioso, el de los besos de la princesa de las nubes en un antejardín bajo la lluvia.




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© Hoo77 Julio del 2009