7 abr 2014

JACK EL PIRATA I




JACK EL PIRATA
I

En su pequeño mundo bucanero de antaño  recorría mar y tierra en busca de tesoros, riquezas para cumplirle a ese propósito desmedido anidado con fuerza en lo recóndito de su indescifrable ser a veces tierno, otras prepotente,  autoritario, que tan solo ve a los demás como parte de la manada dispuesta para la caldera de la guerra con cualquiera que no comparta las directrices del capitán obstinado en la satisfacción personal de botín y poder a cualquier precio.  En el mar era de hecho, tanto el capitán de su buque, como el almirante de la flota imaginaria que comandaba utilizándole como escudo protector de cuanta idea descabellada quisiera poner en práctica, él era el guía, el destino el norte, al este, el rumbo escogido siempre al amanecer de cada día. Nunca pretendió parar, el único puerto por alcanzar fue aquel donde la ley fuere su voluntad aniquilando la de los demás. Y lo logro, en varias ocasiones lo logro, le festejaron su arribo, le brindaron manjares inalcanzables en otros lugares, doncellas, ron,  comodidad e incluso las llaves de la bóveda que guardaba lo eterno y lo sublime (más no así el designio desconocido sobre la verdad de la existencia, ni el libro negro de las referencias falsas – paila infernal rebosante de traición).
Fue cuando con su flota, sobre las cálidas aguas del caribe, diviso la playa olvidada que sin entender fuere su hogar permanente durante largos años, aun cuando cortos en la historia propia de aquellas playas hermosas de aguas coloridas. No tuvo que pensarlo por mucho tiempo, de inmediato enfilo sin esfuerzo, la corriente marina ya lo había hecho por él, la proa de la embarcación hacia la orilla que anhelaba manteniéndole con vida; la recepción no fue multitudinaria ni mucho menos, tan solo el vaivén de las hojas en las palmeras  que al ritmo parsimonioso de la brisa y el lejano canto de las aves le saludaran. De un brinco toco tierra dando mil volteretas de alegría, se revolcó encima de ésta, extendía sus brazos, daba gracias y hasta le saboreo sin darse cuenta aun que se encontraba completamente solo, sin flota, sin tropa ni navíos, tan solo como cada uno de los granos del manto de la arena donde se apeaba convertido en el refugio recuperador de la logística y la fuerza necesaria para encontrar de nuevo el rumbo y la tripulación que le acompañase en pos de lo buscado.
Las semanas transcurrían sin detenerse, tan de prisa que no permitían al milagro aparecer con cuanto elemento hiciere falta para la conquista que Jack pretendía. Ya no contaba ni con buque ni con la tripulación fiel, todos ellos, aparte de llevarse el buque, ahora juraban fidelidad a un nuevo comandante, el capitán William quien tampoco nunca acepto ser un hombre común, aceptando asociarse con la tripulación del abandonado Jack cuando se negó informar sobre el paraje en el cual escondía el tesoro sin repartir, que pertenecía a ellos que le guerrearon. Aun así Jack no se quejaba de la conspiración neutralizada con valentía, incluso sin manifestarlo le aprobó, contaba con la suficiente voluntad para hacerles regresar, que junto con el apetito enorme y albedrio, le aferrarían en el lugar que ambiciono por décadas. La defensa ahora, era su único deseo.  
Jack aparte de su estilo mesurado era osado como ninguno, al igual que conocedor de la piratería en cuanto al sino de disensión que les embargaba al menor atisbo de un manipulamiento fraudulento  por parte del superior a quien servían con obediencia esmerada, tomaba con gran facilidad las corrientes marinas, las conocía como si se tratase de los caminos estrechos cercanos a su pueblo natal lejano, valiéndose de estas ganaba velocidad facilitando su orientación para llegar a una determinada posición marítima. Aquel día ante su propia mesa de trabajo; cuando el primer oficial le notifico del descontento de la tripulación por no haber recibido aún la parte proporcional del tesoro que por común acuerdo les correspondía y por el gravísimo hecho de tener una mujer abordo, cuestión prohibida rotundamente por el código pirata que él mismo aprobó, bajo su estricta protección; así se percató de lo complejo de la situación puesto que ellos nunca entenderían que la propiedad del código le pertenecía exclusivamente como gestor para un beneficio común, administrado por él para cusas mejores y no para mantener borrachos, jugadores irresponsables. De inmediato intuyo la cercanía del capitán William, contrincante detestado per se, y le responsabilizo de cualquier maniobra que se propusieran, determinado decidió su posible defensa ante el peligro eminente bajo el cual se hallaba.
Jack abandono el barco en una de esas noches oscuras de calma total, que cuando el marinero vigía, merced algunos relámpagos lejanos diviso las velas de otro navío, dio la alarma del acercamiento con un grito tan pronunciado que él mismo alcanzo escuchar en la distancia que ahora le separaba de su barco perdido al seguir la estrategia que se impuso. Sin embargo algo le perturbaba, ya había pasado el tiempo suficiente,  algo le fallaba, algo que no se encontraba en el lugar que le correspondía, ósea donde Jack le dispuso y ese algo no era otra cosa que su compañera incondicional en cualquier momento, Martha, su heroína, balanza justa en cualquier andar que requiriera de medida exacta, dulce calor para las noches frías, ojos iluminadores de lo oscuro, objetividad ante las dudas. Ella no fallaría, menos ahora que el oro, el poder y las alhajas le esperaban. El plan era perfecto corroborado con la discreción absoluta en el cual Jack supo mantenerlo.

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    Abril 2014