17 oct 2010

En blanco y negro

Alguna vez una amiga me enseño sus dibujos, de estos sobresalía uno titulado la casa de Margarita, ósea la casa de la autora, que realmente me impresiono por su originalidad y vivacidad aparte del realismos del dibujo que por desgracia no lo tengo conmigo para enseñarlo, lo cual considero lo justo y bien merecería la pena. Se trataba de la fachada de la casa adornada con algunas materas de geranios y sino estoy mal también de margaritas, ubicada en el barrio de la candelaria de Bogotá, sobresaliendo de ésta los rasgos de los trazados fuertes en los lineamientos y las sombras del mismo dibujo; parecía que la autora fuese a asomarse por una de las ventanas enseñadas con tanto esmero para saludar algún curioso de la vivienda, o alguno de los transeúntes, asiduo en el barrio por donde deambulan muchísimos disfrutando del hechizo del los alrededores y en donde aun hoy, retozan los estudiantes universitarios esperando desde temprano en la mañana el plan de la tarde. Las horas transcurren sosegadas y en la medida que avanzan, las calles se tornan mas bulliciosas, los bares se atestan y los domiciliarios de la cerveza no dan abasto con las entregas que almacenaran el consumo de unas pocas horas.

Conocí a Margarita una tarde temprano, nos presento un amigo de ella y compañero mío de conferencia en uno de los centros culturales de los alrededores. La conversación comenzó desde un principio refiriéndose a la ciudad con diferentes puntos de vista sobre la misma:

Una de las posturas  vaticinaba sobre una ciudad, por aquella época, que ya se enseñaba ante el observador al igual que las grandes de Latino América. Construcciones fuertes de diseño vanguardista, avenidas amplias, servicios eficientes, barrios ordenados y parques en vía de recuperación y ordenamiento sin olvidar los demás factores fundamentales en la inversión pública.

Así mismo se hablaba sobre la ejecución  de los programas para el desarrollo cronométricamente; por equipos cumplidores en el papel, y en la práctica estudiados cuidadosamente evitando a como diera lugar la improvisación, subestimación, o el exceso de los elementos empleados en cada rubro de un programa determinado, lo cual se podría considerar era debido a varios determinantes, entre ellos la necesidad, tanto de los involucrados en cada tema, como y principalmente, de los vecinos en general quienes aparte considerarían los costos impositivos por los cuales cada uno de ellos sería responsable. La densidad de la población era aun acorde a los factores de extensión e infraestructura, sin cubrir un tiempo maximizado hacia el futuro, ni dejar que decreciera el nivel en los servicios, entre otros y contando dentro de los mismos el transporte urbano que aunque desordenado obediente de las normas y con algo más de paciencia, subordinación ante los demás vehículos, en cada ruta realizada.

Aquí  se hiso un giro forzoso en U bajo la conversación seguida, para tornar la idea de la convivencia pacífica sin dejar que las reminiscencias poéticas impidiesen mostrar una cara de la ciudad mucho mas odiosa, desordenada y caótica, a propios y visitantes, por culpa precisamente del transporte, la movilidad y los espacios públicos, temas preferido por los amantes de la logística disciplinaria de una ciudad verdaderamente a la altura de, aparte de las estrellas, los grandes macro centros internacionales comerciales y de negocios. Sin darnos cuenta estábamos ya en pleno siglo XXI y entre poema y poema había dejado de ver a mi amiga Margarita y los demás, por varios años, encontrándoles de nuevo en el mismo sitio, a la misma hora y bebiendo de la botella, la misma cerveza, tratando de desprenderle la etiqueta multicolor que le cubría.

Los reproches no se hicieron esperar, eres un ingrato me decían, tus amigos no te interesan y muchísimas otra cosas que tan solo demostraron que recordaban nuestros encuentros y sobre todo nuestra amistad. Al preguntar a Margarita por sus dibujos y en particular por el de aquella casa que  tanto me inspiro, su semblante cambio palideciendo y la voz se le escuchaba entre cortada, con dificultad para articular las palabras que pronuncio al contarme que les toco derribarla para darle paso a los nuevos carriles del sistema masivo de transporte urbano. En fin, bien valió la pena, decía sumida en la tristeza. El Transmilenio nos presta un gran servicio y todos le queremos. 

Vale eso está muy bien, conteste - para luego continuar – por cuanto me he podido dar cuenta las cosas han evolucionado y ahora los conductores no son los mismos propietarios de los vehículos que transitan para el servicio público, de la forma en la cual lo eran antes, seguramente aquellos conductores lentos y ordenados ahora son los propietarios dominantes de las empresas donde los vehículos se registran en aras de licenciar las rutas, empresas responsables en una u otra medida de los mismos y la operatividad que de estos se deriva bien sea intrínseca o plural y manifiesta. Creo que este es uno de los grandes bisoños con que la movilidad actualmente sufre y quizás uno de los de mayor importancia. No quiero decir que los demás no lo sean, también lo son y a todos hay que ponerles el cuidado necesario, no se sacaría nada curando parte de la enfermad y dejando sin hacerlo a otras manifestaciones del mismo mal; de esa manera no se logra nada, la movilidad en general, o funciona, o estamos liados y eso parece puesto que en la medida que pasa el tiempo el asunto se agrava. ¿De acuerdo, o no es así,?

Ah, muy bien, decían mis amigos, y acaso tú tienes la solución?

Pues ya ven que sí, pero comprenderán que no sería conveniente decirle así de una aquí y ahora, no es tan sencillo, para demostrarlo les propongo lo siguiente: Pidámosle al señor alcalde que nos reciba, nos dé una audiencia especial y corta, una vez le tengamos frente, pues muy sencillo, le ofrecemos nuestra asesoría en la materia, al unisonó,  le pediremos un plazo prudente en la ejecución de nuestras ideas, lo demás no importa, no es tan vital ni tan importante y con seguridad absoluta llegaremos a un acuerdo fácilmente.


© G.H.
Octubre del 2010