24 ene 2013

También de actualidad



Pepe


Era un osito de peluche color marrón con un pecho blanco percudido que no se separaba de su dueño ni por un solo instante, tan era así que cuando no se encontraba zambullido en la alberca gigantesca de la residencia donde residían Pepe y amo, o recibiendo palo porque bogaba, o porque no lo hacía, se hallaba semienterrado en algún parte del jardín, o estaba en alguna reja amarrado e inmovilizado recibiendo el castigo el cual cualquier otro invasor evadiría antes de completar la estratégica invasión a los terrenos del amo, cruel intolerable, que no le permitía ningún descanso ni en la noche ni el día. Pepe era su amigo incondicional, un amigo de esos de quienes se puede abusar a cualquier hora, quizás la pretensión aparte de la burla, era borrar de la cara de Pepe aquella sonrisa indescifrable que mantenía en todo momento con esa bocota abierta y  su lengua roja a la vista.

El amo de Pepe no era en realidad un chico cruel, la actitud mantenida con el osito de peluche no la igualaba en sus cotidianidades, la relación entre ambos era de juego, de persecución amigable, de dale que te pego y continuar por horas hasta agotar el día por completo lo mismo que las fuerzas de ambos aun cuando ni la sonrisa, ni el semblante de Pepe, cambiase. Luego vendría el momento crucial, la hora de ir a la cama donde el lugar preferencial, lógicamente, era compartido por Pepe junto a su amo que no le soltaba.


Que no se diga que el amo descuidaba en  ningún momento a Pepe, siempre le mantuvo lejos del peligro, muy cepillado y nunca olvido darle el alimento correspondiente que consistía en leche y más leche con algunas galletas. Uno de esos días ambos salieron de paseo en una moderna bicicleta con ruedas auxiliares a los costados y una canasta al frente donde Pepe plácidamente se acomodaba; tomaron la ruta acostumbrada a la tienda cercana del señor Betancur, por los lados de la Plaza Santa María, luego al proveerse de  toda clase de golosinas y pertrechos regresaron, solo que tomaron por primera vez otro camino queriendo aventurarse a lo desconocido. A los pocos metros se encontraba agazapado un facineroso, que creyó al verles encontrarse ante la ocasión perfecta para una de sus fechorías, les espero con sigilo hasta el momento exacto de sorprenderles para quitarles, como lo hizo, a la fuerza la bicicleta.

El ataque perpetuado por el facineroso aquel, se dirigió contra el disque tirano, el amo de Pepe quien en ningún momento perdió los estribos ni la calma, más aun, sucedió todo lo contrario y aun en el suelo a donde había sido tirado a la fuerza por el facineroso, se levantó de un brinco enfrentándole. «Anda aprovecha, tomo todo cuanto quieras, la bici, las golosinas y el dinero que me resta» enseñando unas pocas monedas, «que nada haré, pero a Pepe, no te atrevas a tocarle es tan solo mío y no estoy dispuesto a perderle» y sin medir riesgo ni distancia se abalanzó hacia la canastilla de la bici, tomo a su querido amigo de un brazo abriéndole el camino al canalla que les robo y salió velos por las calles del barrio hasta perderse en la distancia. Los dos camaradas quedaron aterrados y silenciosos, está claro que Pepe no era muy buen conversador,  mas no así el amo, quien siempre andaba vociferando órdenes y deseos; ambos, Pepe algo herido en uno de sus brazos y el amo, regresaron de inmediato a casa en busca de la protección que nunca les falto.

Este no es el final de la historia, la historia continua y los paradigmas se dan de la misma forma que ésta ha venido refiriéndonos la complejidad completa de un cuadro, de un espejo que muestra  el gusto en la lucha animal por la sobrevivencia bajo circunstancias parecidas en el tiempo, así mismo en la realidad de esas luchas diferentes, cada una en modo y lugar, hasta culminarse.

Mientras que el amo crecía se desarrollaba adquiriendo nuevos valores, Pepe permaneció igual, con su brazo desgarrado y un ojo prendido de un hilo que le bailoteaba sobre su rostro impertérrito, sin quejarse para nada aun cuando las posibilidades de subsistencia eran pocas. Una de esas posibilidades, pareciese mejor un castigo, el de permanecer encerrado dentro de un cajón indefinidamente puesto que no era sano para el amo continuar esa camaradería infantil. Otra menos estresante sería la de enviarle a un centro especializado donde le repararían, para luego ser entregado a un nuevo amo y trato desconocido. La última, desastrosa, arrojarle, como si fuese un toro, al callejón sin salida del corral de los sin retorno.

Sabiamente el amo opto por aquella posibilidad que no implicase estrés alguno a Pepe y la lid, siempre beneficiosa pudiese continuar. 



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Enero 2013