Pepe
Era un osito de peluche color
marrón con un pecho blanco percudido que no se separaba de su dueño ni por un
solo instante, tan era así que cuando no se encontraba zambullido en la alberca
gigantesca de la residencia donde residían Pepe y amo, o recibiendo palo porque
bogaba, o porque no lo hacía, se hallaba semienterrado en algún parte del
jardín, o estaba en alguna reja amarrado e inmovilizado recibiendo el castigo
el cual cualquier otro invasor evadiría antes de completar la estratégica
invasión a los terrenos del amo, cruel intolerable, que no le permitía ningún
descanso ni en la noche ni el día. Pepe era su amigo incondicional, un amigo de
esos de quienes se puede abusar a cualquier hora, quizás la pretensión aparte
de la burla, era borrar de la cara de Pepe aquella sonrisa indescifrable que
mantenía en todo momento con esa bocota abierta y su lengua roja a la vista.
El amo de Pepe no era en realidad
un chico cruel, la actitud mantenida con el osito de peluche no la igualaba en
sus cotidianidades, la relación entre ambos era de juego, de persecución
amigable, de dale que te pego y continuar por horas hasta agotar el día por
completo lo mismo que las fuerzas de ambos aun cuando ni la sonrisa, ni el
semblante de Pepe, cambiase. Luego vendría el momento crucial, la hora de ir a
la cama donde el lugar preferencial, lógicamente, era compartido por Pepe junto
a su amo que no le soltaba.
Que no se diga que el amo
descuidaba en ningún momento a Pepe,
siempre le mantuvo lejos del peligro, muy cepillado y nunca olvido darle el
alimento correspondiente que consistía en leche y más leche con algunas
galletas. Uno de esos días ambos salieron de paseo en una moderna bicicleta con
ruedas auxiliares a los costados y una canasta al frente donde Pepe plácidamente
se acomodaba; tomaron la ruta acostumbrada a la tienda cercana del señor
Betancur, por los lados de la Plaza Santa María, luego al proveerse de toda clase de golosinas y pertrechos
regresaron, solo que tomaron por primera vez otro camino queriendo aventurarse
a lo desconocido. A los pocos metros se encontraba agazapado un facineroso, que
creyó al verles encontrarse ante la ocasión perfecta para una de sus fechorías,
les espero con sigilo hasta el momento exacto de sorprenderles para quitarles,
como lo hizo, a la fuerza la bicicleta.
El ataque perpetuado por el
facineroso aquel, se dirigió contra el disque tirano, el amo de Pepe quien en
ningún momento perdió los estribos ni la calma, más aun, sucedió todo lo
contrario y aun en el suelo a donde había sido tirado a la fuerza por el
facineroso, se levantó de un brinco enfrentándole. «Anda aprovecha, tomo todo
cuanto quieras, la bici, las golosinas y el dinero que me resta» enseñando unas
pocas monedas, «que nada haré, pero a Pepe, no te atrevas a tocarle es tan solo
mío y no estoy dispuesto a perderle» y sin medir riesgo ni distancia se
abalanzó hacia la canastilla de la bici, tomo a su querido amigo de un brazo
abriéndole el camino al canalla que les robo y salió velos por las calles del
barrio hasta perderse en la distancia. Los dos camaradas quedaron aterrados y
silenciosos, está claro que Pepe no era muy buen conversador, mas no así el amo, quien siempre andaba
vociferando órdenes y deseos; ambos, Pepe algo herido en uno de sus brazos y el
amo, regresaron de inmediato a casa en busca de la protección que nunca les
falto.
Este no es el final de la
historia, la historia continua y los paradigmas se dan de la misma forma que
ésta ha venido refiriéndonos la complejidad completa de un cuadro, de un espejo
que muestra el gusto en la lucha animal
por la sobrevivencia bajo circunstancias parecidas en el tiempo, así mismo en
la realidad de esas luchas diferentes, cada una en modo y lugar, hasta
culminarse.
Mientras que el amo crecía se
desarrollaba adquiriendo nuevos valores, Pepe permaneció igual, con su brazo
desgarrado y un ojo prendido de un hilo que le bailoteaba sobre su rostro
impertérrito, sin quejarse para nada aun cuando las posibilidades de subsistencia
eran pocas. Una de esas posibilidades, pareciese mejor un castigo, el de
permanecer encerrado dentro de un cajón indefinidamente puesto que no era sano
para el amo continuar esa camaradería infantil. Otra menos estresante sería la
de enviarle a un centro especializado donde le repararían, para luego ser
entregado a un nuevo amo y trato desconocido. La última, desastrosa, arrojarle,
como si fuese un toro, al callejón sin salida del corral de los sin retorno.
Sabiamente el amo opto por
aquella posibilidad que no implicase estrés alguno a Pepe y la lid, siempre beneficiosa pudiese continuar.
© Hoo77 & la vida cotidiana.
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Enero 2013

